Apego a la tradición

Publicado: marzo 1st, 2014

REVISTA EMPRESA & PODER

Por: Augusta Fabres / Fotos: Bárbara San Martín.

Nunca haber traicionado la calidad y ser un apasionado del oficio de la talabartería han sido claves para mantener este negocio familiar, conocido como Romor’s. De esta empresa, que para 2014 estima un crecimiento de un 60%, hablan quienes hoy la dirigen : Cristián Romero y su hijo Agustín.

Cuesta encontrar la numeración en las casas en Avenida Portugal, pero cuando ya queda menos de media cuadra para que se acabe la calle aparece en la acera izquierda el #2050. Una reja de barrotes negros se antepone a la puerta con vigas blancas algo gastadas de esta casa de fachada antigua que, hace aproximadamente un año, se convirtió en el centro de operaciones de una empresa familiar pequeña, que surgió en la década del 40’ y que se mantiene vigente hasta hoy. “Mi padre me dijo muchos años atrás: ‘no te vas hacer rico con esto, pero vas a disfrutar haciéndolo. El cuero es un material noble que sabiendo cómo trabajarlo con las manos, cómo diseñarlo, cómo cocerlo y cómo armar un producto, nunca vas a fallecer’”, recuerda Cristián Romero (56), dueño de Romor’s. Y no se equivocaba.

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Fue en 1945, cuando el padre y el tío de Cristián Romero apostaron por este oficio de la talabartería con la idea de fabricar cosas de artesanía lo más finas posibles, respetando que fueran solamente productos en cuero. Se especializaron mucho en el cuero inglés, al que también se le conoce como cuero de chancho, un cuero natural que se envejece con el tiempo y con el sol.  Siempre trabajando con las manos, sus primeros productos -cinturones, billeteras o maletines para hombres, y carteras, mocasines o sandalias para mujeres- comenzaron a ser un regalo obligado de la época y se podían encontrar en la primera tienda que abrieron en Providencia, a solo unas cuadras del taller de la marca ubicado en la calle Guardia Vieja.

Y si bien el negocio de estos hermanos tomó fuerza en el mercado nacional, con el tiempo los fundadores de Romor’s –cuyo nombre alude directamente al apellido de esta familia- se distanciaron y decidió continuar el negocio solamente el padre de Cristián, Sergio Romero. “Coincidió con la época en que yo me retiré de mi carrera, Ingeniería Mecánica, porque no me atraía del todo. Soy músico, me gusta la habilidad manual y me considero una persona bastante estética”, cuenta Cristián Romero, quien a mediados de los 80’ se sumó al negocio de su padre. De él aprendió a crear modelos, a trabajar las máquinas del taller y a desarrollar los clásicos productos que hasta hoy distinguen a esta marca.

“Pero mi padre tenía una enfermedad más o menos delicada al corazón y falleció muy joven, a los 59 años. Ahí me tuve que hacer cargo de la empresa familiar con el apoyo de mi hermana y mi mamá”, dice Cristián Romero. Sin duda, fue esa pérdida la que marcó la entrada de lleno de la segunda generación de la familia Romero al negocio.

Desde entonces que Cristián dirige esta marca, que con apego a la tradición, a la calidad  y a un estilo clásico ha sabido sortear las crisis y la invasión de productos de menor calidad y precio provenientes del extranjero. “Ha sido bien difícil mantenernos en el tiempo, potenciar la marca y no desprestigiarla con nada. No yendo a China, no copiando, no traspasando el cuero natural que es un material tan noble a cosas plásticas o sintéticas. Ha costado mucho trabajo”, agrega.

Y es que ellos saben que tienen una clientela cautiva que valora a la marca por su buen nivel, gusto y calidad refinada, y precisamente eso los impulsa a seguir ligados a este oficio. Un oficio que además tuvo la oportunidad de tocar suelo extranjero a mediados de los noventa, cuando Romor’s hizo envíos de su línea más clásica de productos a Estados Unidos, puntualmente a tiendas boutique en la costa oeste de California. Si bien siempre fueron pequeñas cantidades las enviadas, dado que la capacidad de producción de este tipo de cosas no es muy grande por ser un producto hecho a mano, la oportunidad de salir afuera les permitió potenciar su marca. Luego fue el turno del continente europeo, específicamente a El Corte Inglés donde sus creaciones estuvieron cerca de un año en las vitrinas. También estuvieron presentes en Singapur, por intermedio de un amigo de Cristián que había sido embajador allá, que les abrió camino para instalarse con sus productos durante dos años. “Esa fue una gran apuesta, pero la crisis del 98’ nos obligó a cerrar”, acota.

En forma paralela a la incursión de la marca afuera, su dueño se percató que eran pocos los que trabajaban el cuero con la mano, entonces aprovechó esa oportunidad para reestructurar Romor’s, que hasta entonces trabajaba con un equipo de maestros en una fábrica en Providencia que llegó a tener cerca de 30 talabarteros. Hoy el modelo de negocios se basa en seis talleres externos, que el propio Cristián Romero levantó en la casa de cada uno de sus maestros, y que día a día elaboran productos exclusivamente para ellos dando forma a las aproximadamente 10 familias de productos que ofrece Romor’s en sus dos tiendas, en el Pueblo del Inglés y el Paseo Los Dominicos. “Cada maestro es un artista que saca su propio producto. Nosotros les damos el modelaje, les entregamos el cuero, los metales y los supervisamos regularmente”, cuenta Cristián Romero. Una estructura simple, que les permite  cubrir la demanda que tienen y que incluso les da la flexibilidad necesaria para atender requerimientos específicos de sus clientes. “Quienes quieren modelos determinados del catálogo, los pueden mandar hacer en el color que más les guste y les damos un plazo de tres semanas para entregarlo”, explica su dueño. Y la capacidad de Romor’s va incluso más allá, pues se han aventurado con hechuras especiales como timones para barcos forrados en cuero o gamuza.

Aterriza la tercera generación

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Tres generaciones ligadas al negocio del cuero permiten entender por qué sus dueños ya están acostumbrados al intenso olor a cuero que hay en sus oficinas en Avenida Portugal. Basta abrir la puerta principal y dar un primer paso hacia el interior del lugar para sentirlo con fuerza. Proviene de los rollos de cuero que están apilados ordenadamente en el suelo; de los maletines, bolsos y cinturones que probablemente dentro del día serán enviados a tiendas, pero también el olor se debe a que en este lugar se trabajan y dan los toques finales a algunos productos. De hecho de las cuatro piezas, ahora convertidas en oficinas, la del fondo de la casa está habilitada como sala de máquinas. Hay una boleadora para retocar los contornos de los productos; una máquina industrial de codo para coser los bordes, por ejemplo, de los maletines; una máquina descarnadora que permite adelgazar el cuero; una máquina plana para coser todo tipo de cuero; y también una estampadora que permite, como su nombre lo indica, estampar el sello de la marca en el producto.

Una estampa a la que también quiere aportar Agustín Romero (ingeniero comercial, 28 años), hijo de Cristián, que hace sólo tres meses dejó su trabajo en Banco Santander y decidió aterrizar en Romor’s, marcando la entrada de la tercera generación al negocio. “Estoy convencido de la potencia que tiene esto y que todavía hay mucho por hacer. Es un rubro entretenido, que me apasiona, más aún cuando pienso que se está continuando una tradición familiar”, afirma Agustín Romero.

Hoy, aunque ha tenido que ir aprendiendo hacer de todo, su principal tarea es dirigir el área administrativa del negocio, que para este año proyecta un crecimiento de un 60% y esperan duplicar en tres años.

Otro desafío también está en conseguir que la marca baje el rango de edad que accede a los productos, algo que ya han empezado a materializar con nuevos productos siempre manteniendo lo clásico, pero adaptados a las necesidades actuales. Lanzaron un porta iPad, un porta NoteBook, porta iPhone y mochilas que hoy vuelven a estar de moda en el público femenino. “Siempre podemos incorporar nuevos cambios a la líneas de productos que tenemos, que aportan a la funcionalidad de estos mismo. Y en eso, por su edad, Agustín me va ayudar mucho”, establece Cristián Romero.

Y ya si de un desafío mayor se trata, la gran apuesta de esta empresa familiar es contar con un centro estratégico en algún lugar de Santiago donde sus clientes puedan encontrar todo lo que ofrecen de su gama de productos y toda su línea de muebles.